IMPRESIONES GENERALES

Thursday, July 1, 2010

LUXOR

Sirena del Nilo

Nos saluda el majestuoso Nilo mientras intentamos huir de otra burbuja más, otro castillo de cristal que, aunque es lo que nos ha permitido llegar hasta aquí, nos aburre en su monotonía insípida. Atravesamos ésta y siete murallas más que nos separan del frío nocturno y del olor del río, tan lleno de magia, queriendo purificarnos bajo la luna creciente que ilumina a través de unas milenarias ruinas.

Todo lo que queremos es sentir el palpitar de la ciudad, aspirar profundamente el aliento de sus calles y el sonido de sus gentes. Se nos abren las puertas poco a poco, no sin dificultad, para poder adentrarnos en la fortaleza; como una caravana de extranjeros a los que se les codicia y se les desprecia al mismo tiempo, pero a los que lentamente se les descubre como iguales, mientras nos quitamos pesadas máscaras y oscuros velos.

Se escuchan entonces melodías desconocidas que provienen de un oscuro callejón del bazar. Al acercarnos, de la penumbra aparecen cientos de manos que nos arrastran hacia el centro de la algarabía, arremolinándose en torno nuestro entre bailes y gritos que nos atemorizan y nos aturden. No fue sino hasta que logramos abrir los ojos, no los párpados, sino los ojos del alma, que descubrimos que sus gritos eran cantos de alegría y su baile una invitación a la vida, impulsado todo por la imparable fuerza de las sonrisas sinceras que llovían con ímpetu sobre nuestra piel.

Cuando esta cascada nos posó de nuevo a la vera de nuestros pensamientos, extasiados nos dejamos llevar por la corriente del bazar, que nos arrastraba hasta una nueva orilla, en donde nos deja como conchas en la arena, expectantes y ansiosos. Es entonces cuando aparece un hombrecillo de tez morena, barba finamente recortada y grandes orejas, vestido con una galabeya clara y un turbante blanco. Sus ojos, grandes y negros como el ébano, tan expresivos como el más hábil de los oradores, nos obligan a quedarnos.

Su nombre es Ali y es un artista. Dice que su especialidad es la escultura en piedra, pero rápidamente entendemos que aquello que esculpe no es otra cosa que noches para sí mismo, en las que recoge contertulios para envolverlos suavemente en sus palabras y moldearlos entre risas y sorpresas. Su juego es iluminarnos y deslumbrarnos con sus evocaciones de lo mágico y lo místico. Es un excelente jugador, y nosotros estamos dichosos de ser piezas en su el tablero.

Nos invita a tomar el té en medio de un callejón oscuro y polvoriento, de aquellos en los que nunca quisiéramos encontrarnos en nuestra propia tierra, pero que allí, en medio de la magia, se convierte en el escenario perfecto para una sesión de historias. Sin más preámbulos, al calor de las infusiones comenzó a contarnos su mundo y a desenmarañar el nuestro.

De la nada, lograba leer nuestros pensamientos y nuestras vidas, siempre acertadamente, como un adivino que nos encantaba con su voz. Sus juegos de palabras y de gestos iban siempre acompañados de grandes bocanadas de humo blanco que le daban un halo aún más místico, mientras jugueteaba en el aire haciendo figuras y moviendo sus manos como serpientes amaestradas –tan dóciles como nosotros bajo su voz. Con su interpretación devoró el tiempo y sólo cuando se hubo saciado él, nos dejó ir, haciéndonos creer que era nuestra la decisión de partir, y desapareció.

Aún hoy no sabemos si aquella noche fue real o fue una entrada momentánea a una de las vigilias de Sherezade, en la que una historia comienza en medio de otra, y se entreteje con los personajes en las situaciones más fantásticas y las más comunes. No lo sabemos, pero todos entendimos que esa noche habíamos dado un paso fuera de nuestro mundo, que bajo esas estrellas una ventana corrió su velo y nos dejó ver otras almas con otros ojos. Ahora pasamos las horas esperando que ese viento del desierto nos traiga de nuevo esos aromas, nos devele secretos y nos susurre leyendas. Aún esperamos.

Thursday, December 3, 2009

ESPERANZAS ENFUNDADAS (CUENTO)

Se sienta en la mesa del comedor y repasa una vez más la lista, para que no se olvide nada. Dos fotos en tamaño 5x5 con fondo blanco. Las toma entre sus dedos y se observa ridículo, de traje y corbata, tratando de mostrar con su expresión la seguridad y la idoneidad esperada, pero que ahora parece más la expresión de un convicto recién llegado a la estación de policía. ¿Las fotos deben pegarse a la hoja? ¿Graparse o anexarse con un gancho? Tal vez sea mejor si van sueltas dentro del sobre amarillento. Por si las dudas llevará un gancho y goma para decidir a la mañana siguiente.

Ahora el formulario. Revisa punto por punto. Retiñe con su lapicero las palabras que cree han quedado poco legibles; eso se puede prestar para malas interpretaciones y eso es lo que menos quiere. Relee las preguntas y siente que algunas respuestas pueden estar mal. ¿Mal? Sí, como en los exámenes de la escuela en los que las preguntas estaban hechas especialmente para que cayeran los desprevenidos y no para medir qué tan profundo se habían clavado las palabras del profesor en la cabeza del estudiante.

Suspira y toma los miles de fotocopias, certificados y justificaciones, todas firmadas por desconocidos que debían inspirar confianza, si no a él, por lo menos al que iría a hacer de investigador buscando manchas en los blancos papeles. Los toma en sus manos y los organiza cuidadosamente, golpeándolos verticalmente sobre la mesa de mantel tejido, antes de introducirlas nuevamente en el sobre amarillo. Revisa el papel con la hora de la cita, escrita en esa hoja cuadrada del eterno montoncito al lado del teléfono. Levanta la cabeza para ver el reloj de la pared, que ya marca más de la media noche, y decide ir a tratar de conciliar el sueño.

Al día siguiente, llega al lugar indicado una hora antes de lo señalado. Había dormido poco y aprovechó los primeros rayos de sol para elegir cuidadosamente la ropa que habría de usar. Tomó una larga ducha, se afeito bien y ensayó frente al espejo la mirada más tranquila que sabía. Se despidió de su esposa y sus hijos, que aún dormían y salió de su casa jugando nerviosamente con las monedas que tenía en el bolsillo para pagar el pasaje del autobús.

Al llegar había varias filas distintas, grupos de personas que parecían ovejas perdidas del rebaño, mientras un guardia hacia las veces de perro pastor que ladraba ordenes para alinear a las ovejas asustadas. Cada quién esperando el momento para entrar con su sobre amarillo, recitando respuestas hipotéticas a preguntas no formuladas.

Una vez dentro no había otra opción que sentirse intimidado ante la magnitud del recinto y los cientos de cámaras de seguridad que le observaban como pequeños ojos inquisidores. Bien dice la psicología de la guerra que una forma de quebrantar el espíritu del enemigo es deslumbrarlo con la fastuosidad de su adversario. De nuevo, más filas y sillas que predecían la larga espera. Rodeado de ventanillas con números centelleantes, pasaban las horas y no parecía llegar el momento en el que habrían de llamarle a uno de los espacios destinados para que se excusara y se justificara.

“¡629!”, oye gritar a una mujer con voz chillona, “¡629!”. Toma una bocanada de aire en un suspiro fuerte y va hacia la ventanilla con su sobrecito amarillo en la mano. Se acerca, y desde dentro de aquella pecera una mujer blancuzca le pide, en un mal español, que ponga el sobre amarillo en una bandeja plateada, casi clínica.

Él lo levanta, lo mira lleno de esperanza por un segundo, como quien trata de bendecir una reliquia, y lo pone en la bandeja metálica. La mujer recibe los papeles y en un descuido los deja caer al piso, de donde emergen igual de maltrechos ella y el sobre, mientras él siente morir. A este personaje, resguardado al otro lado del vidrio, poco le importa tener el mundo en sus lechosas manos.

La funcionaria de la embajada vacía el contenido del sobre, hace un par de muecas frente a la pantalla del computador y dice sin mirarlo, “Lo sentimos. Visa denegada”. Recoge del escritorio los papeles, las fotos y el gancho, los introduce en el sobre y lanza todo a otro recipiente clínico bajo el escritorio, mientras él, desde fuera, observa como todo su mundo es lanzado a los pies de esta señora, que trata de apretujar más esperanzas perdidas dentro del cubo de la basura, junto a los sueños de otros más.

Él sale del edificio estilo militar, derrotado, con el alma un poco rota y baja la cabeza para mirar sus manos callosas, esas que no fueron capaces de recoger su mundo en el momento en que cayó al piso y defenderlo con honor. Esas manos que ahora sólo recibían la pequeña lágrima que escapó del orgullo vencido. Por su parte, la funcionaria toma un sorbo del café frío, bosteza y piensa en cuan aburrido será este día, tratando de ignorar a estos pobres, mal vestidos, que vienen a entregar sus vidas como si valieran gran cosa. “¡630!”, gritó destemplada, “¡630!” y tomó de la taza un sorbo más.

Thursday, September 24, 2009

TEDIO INVENCIBLE por Enrique Serrano

Quiero mostrarles un artículo que salió en el periódico El Espectador el pasado Jueves, 17 de Septiembre de 2009, escrito por el Maestro Enrique Serrano:

“Llama la atención la velocidad con la que las nuevas generaciones se aburren. Debido a la caducidad furiosa que todo tiene hoy, no hay cosa que pueda perdurar para hacer que sus seguidores la admiren con la fuerza con la que se incrustaban en el alma individual y colectiva las pasiones en el pasado. La sed de novedad, al parecer jamás saciada no da tiempo para detenerse en el deleite de saborear todo aquello que ofrecía una vida provinciana, predecible y relativamente lenta. Había poca música, poco cine, pocos libros, pocos bailes, pocos espectáculos, pocas marcas. La televisión se producía a escala local en pequeñas cantidades. Los ídolos eran los mismos para todos y atraían a varias generaciones al mismo tiempo con lo cual resultaban conectadas de manera inconsciente y gratuita. Las “fiebres” se convertían en verdaderas pasiones que podían durar años.

Hoy, en cambio, gracias a la internet se pueden descargar en un solo día tantos videos, canciones, películas, libros y hasta imágenes del pasado que creíamos perdidas para siempre. Y sin embargo, se oye decir a los adolescentes que están aburridos porque “no tienen nada que hacer”. Varias causas pueden aducirse para explicar el desarrollo frenético de este fenómeno; el spleen de nuestros días está en todo y lo es todo al tiempo. Llena cualquier espacio, cubre cualquier superficie con su manto igualador, nada es suficientemente particular o destacable a su lado.

Es apenas obvio que el ritmo en que se vive no es el mismo de antes. El cambio tecnológico ha tenido todo que ver con la aparición de este eterno desasosiego, testimonio de una ansiedad jamás curada y expresión de una tendencia que lleva al desánimo a aquello que, en otras condiciones, llevaría a producir el efecto contrario. Para sacar partido de esa invasión de imágenes y ruidos, se requiere de un entusiasmo y una paciencia inagotables, de las que esta época de la historia parece carecer.

Para los adolescentes de hoy todo es “normal”. Cada cosa que parecía tener múltiples cualidades individuales las ha perdido sin remedio o se han reducido a una sola. Lo normal en la mente de los jóvenes es lo indiferenciado, lo entendible y hasta lo natural, pero ciertamente no coincide con lo que se solía concebir como normal, es decir lo predecible.

No obstante, el hecho de andar buscando en cada cosa algo interesante y novedoso ha logrado que estas generaciones sean mucho más audaces y decididas que cualquiera de las anteriores. La cantidad de información a la que pueden acceder es significativamente mayor, y quienes saben cómo utilizarla alcanzan cotas geniales en la apropiación del mundo. Entretanto, y sin descanso, el tedio reina entre los jóvenes como bendita maldición, y se enorgullecen de ello, de modo que no hay qué pueda-ni quién pueda divertirlos o conmoverlos, y menos cautivarlos hasta la emoción, sin que caiga ese mismo día en la caducidad rampante. Más fuerte que esto ha sido la súper abundancia de información

Pero, en realidad no hay de qué preocuparse, todo esto es “normal”.”

Sunday, August 2, 2009

De Libri et Imago Mundorum

Quiero compartir con ustedes extractos de un correo que le escribí a una amiga mientras estaba en Washington en abril de 2008, hablando de libros e impresiones generales:


"De mis lecturas aquí, creo que ya te había contado que estuve leyendo “English, August” de Upamanyu Chatterjee, que me encantó! Me fascinaron sus descripciones sobre la India contemporánea, sobre la poca pasión de nuestra generación de jóvenes globalizados, sobre lo increíble de las almas de las personas humildes... mi Mapla querida, si algo he aprendido de los libros y de los viajes, es que la belleza de un lugar no reside en sus monumentos y sus calles –que son impactantes pero aburridoramente invariables– sino en los corazones de las personas que los habitan, y en ese sentido siempre encontrarás más belleza en los lugares con gente humilde. La belleza es pobre, mi niña.

Pero bueno, sigo con las lecturas. Luego de terminar ese libro quedé convencido de que en algún momento debo ir a la India... alguna vez has leído “Ven Amada Mía” de Pearl S. Buck? Es la forma más rápida de entender el encanto de la India, además de ser la manera más rápida de enamorarse de su cultura. Es uno de los libros más hermosos que he leído. Una vez acabado el de August salí a buscar un nuevo libro que me alegrara las soledades de estas tierras y fui a comprarme “Londonstani”, que según rezaba en su solapa era la historia de unos paquistaníes de nueva generación que viven en Londres y pensé que sería interesante ver la cosa desde el punto de vista contrario... pero fue una pésima idea. Nunca antes había odiado tanto un libro! Me llenó de ira y de asco y me sentí robado (suerte que había costado como 3 dólares nada más)... y aun ahora cuando pienso en él, lo único que quiero es quemarlo en una hoguera (ojalá con el autor dentro!). Compré y comencé a leer “Brave New World” (Un Mundo Feliz) de Aldous Huxley, que es muchísimo mejor, pero luego de leer un rato me pareció que no era el momento indicado para leerlo. Las historias sobre la crudeza de la modernidad en el mundo y los laberintos abismales de la soledad de las sociedades industrializadas es mejor leerlas en una hamaca, con un ron y a 23 grados, que encerrado en un metro a 30 metros por debajo del suelo, con gente más fría que la temperatura exterior de -15 grados.

Ahora dedico mis horas de lectura (que se han visto reducidas sustancialmente por aquello del trabajo, hacer lavandería, hacer mercado, pensar si comer pasta con atún o atún con pasta) a leer un tesoro maravilloso. Se llama “Balthasar’s Odyssey” de Amin Maalouf. Es la historia del viaje por medio oriente y el Mediterráneo que hace un vendedor genovés de libros en el año de 1665, buscando respuestas pues todo indica que el año siguiente será el año de la Bestia, el año del Apocalipsis. Es increíble! Maalouf tiene dos grandes cualidades (entre otras) y son: 1. La capacidad que tiene para escribir de tal forma que nadie llega a dudar de su veracidad, aún cuando racionalmente uno sabe que es ficción; y 2. Un conocimiento inmenso de la historia y las culturas. Es a él a quién dedico mis tardes, estas tardes que poco a poco van calentándose y mejorando los ánimos de estos gringuitos, tan simplones como ingenuos.

Mira que descubrí una extraña relación que me hizo acordarme de “El Perfume”. Esta ciudad no huele. Nada tiene olor, por lo menos en invierno. Creo que en eso reside su falta de esencia, de energía, de movimiento, de belleza. Ahora que ya he visto como llega la primavera, ya puedo decirlo con más seguridad. Con el olor fresco de las flores y las plantas la gente comienza a salir de su letargo y empieza a caminar por las calles... deja de estar metida en sus cavernas subterráneas y se lanza a caminar por los andenes, sorprendida al encontrarse con otros seres como ellos, que están en esa fase del despertar, en la que nos cuesta trabajo abrir los ojos, pero los sentidos ya parecen querer funcionar. Es muy interesante.

Y bueno, ya que estoy contándote algunas de las impresiones que he tenido estando aquí, sobre el Universo y nosotros, sus arrendatarios (y ya que parece que este correo seguirá creciendo de forma desproporcionada), quiero compartir contigo una pequeña angustia que viene poblando mis noches desde hace un par de días. En este momento de mi vida debo decir que no siento en lo más mínimo el peso del mundo sobre mis hombros, lo que es una ventaja y un privilegio, pero con eso vienen otro tipo de inquietudes, como sentir que tengo el mundo en las manos y no sé qué hacer con él! Creo que tenemos una responsabilidad gigante, no sólo por el hecho de tener una educación privilegiada y unas grandes capacidades, sino por ser conscientes de ello, por ser conscientes de los problemas de la humanidad y porque llegamos a sentir como propios muchos de esos problemas que parecen tan ajenos... me preocupa no dar la talla (o evitar dar la talla) frente a lo que debemos hacer por el mundo. Has pensado en cuál es tu responsabilidad? No creo que Fortuna nos haya puesto en estos hermosos pedestales solo para contemplar y ser contemplados. Creo más bien que concentra esfuerzos y energías en unos cuantos, para que estos se encarguen de multiplicar su trabajo al resto del cosmos, sean personas, animales, la tierra, las estrellas... lo que sea, pero no podemos quedarnos quietos, letárgicos, inútiles."

Thursday, June 25, 2009

Sunday, May 31, 2009

ENTRE LO ERÓTICO Y LO PORNO

Imagen por Wally Gobetz

Por estos días sancionaron en el Concejo de Bogotá un acuerdo para modificar el Código de Policía y así evitar, según el Alcalde, que los niños y adolescentes vean cuerpos desnudos. La idea es que en ningún establecimiento se puedan mostrar cuerpos desnudos ni descripciones pornográficas (en palabras de la ley), para que los jóvenes las vean. Supongo que con eso el Alcalde le quiere apuntar de alguna manera a algo que tenga que ver con educación de izquierda… aunque sigo sin entender qué es.

Ahora bien, el siguiente paso es cuando el Estado tiene que entrar a definir qué carajos entiende por “descripciones pornográficas”. Reaparece entonces la eterna discusión entre moralistas y artistas, que han tratado de encontrar el lugar exacto en el que lo porno se diferencia de lo erótico, sin resultados satisfactorios. Las personas, por diversas razones, parecen huirle a la imagen de otro ser humano desnudo, como si reconocieran en los otros –o tal vez en sí mismos– a monstruos cuando se despojan de sus ropas.

Desde mi punto de vista no es más que mojigatería (y una demostración de las “ganas inmensas” que tiene nuestro señor Alcalde de ponerse a trabajar en cosas serias), pero vuelvo a hacer énfasis en el enorme error que constituye que el Estado venga a decidir e imponer sobre aquellas cosas que no le competen. A mí, por lo menos, me molesta que venga el Consejo y me diga qué debo considerar como arte y qué como pornografía, más en ésta época en la que cualquier persona puede entrar a internet y encontrar lo que se le venga en gana que esté buscando, con o sin permiso del Estado.

Censuren pues ahora al Cantar de Cantares o a Sor Juana Inés de la Cruz, a la Venus de Milo o a la de Cabanel, que de seguro eso es porno y el que vea en ellos arte, será hombre sin decoro.

Saturday, May 23, 2009

CIENCIA Y LIBERTAD

Imagen de Circleline


Salió una noticia hoy, según la cual en Estados Unidos están buscando a una madre que escapó con su hijo luego de que los médicos le diagnosticaran al niño un cáncer y que era “necesario” practicarle quimioterapia y radioterapia. La madre, partidaria de la medicina natural, no estuvo de acuerdo con la propuesta de tratamiento que le dieron los doctores y decidió huir.

Me causa un particular sentimiento de asombro la reacción de los doctores y del mismo Estado que, en una actitud policiva, está buscando a los dos “fugitivos” con ordenes de captura, simplemente por querer buscar una alternativa a los métodos invasivos que los doctores consideran como la única opción. Mis conocimientos sobre medicina son pocos (por no decir nulos), pero me preocupa ver como la Libertad que tanto defienden los estadounidenses puede ser llevada incluso hasta a obligar a alguien a llevar un tratamiento médico con el que no está de acuerdo.

Ahora resulta que, no sólo la ciencia occidental es la única puede salvar a las personas, sino que además todos debemos acogernos a ella por mandato obligatorio, desconociendo cualquier otra alternativa. La capacidad de autodeterminación de las personas parece haber perdido todo el valor en nuestros días en los que supuestamente vivimos “más libres” y con mayores opciones de donde escoger. Queda entonces comprobado que en este mundo de libertades podemos elegir lo que queramos… siempre y cuando elijamos lo que nos sea impuesto.